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Cómo fomentar o arruinar el nacimiento de un líder

La importancia de un buen mentor

Tal Ben Shahar es un autor y conferencista que sorprende en pocos segundos. Uno de sus preceptos más inquietantes es la pregunta ¿Cuál es el pronosticador más exacto del liderazgo?

Tal Ben Shahar

Tal Ben Shahar

La respuesta es sencilla: la semilla de confianza que una persona deposita en otra. Puede ser un maestro, un padre, un gerente o un mentor; y comprobarlo es sencillo: si eres un líder, pregúntate a ti mismo si acaso no hubo una o más personas en tu vida (quizás en la infancia, adolescencia o juventud) que fueron decisivas con su actitud, palabras y confianza hacia ti, y con ello hicieron florecer el liderazgo que ahora ejerces y que puedes compartir con otros.

Es decir, cualquier líder en cualquier ámbito, ha tenido en su vida, por lo menos  una persona que le infunda o le deposite la confianza que detona el potencial del liderazgo.

Esta sencilla reflexión me parece extraordinaria y me invita a pensar en la gran responsabilidad que tenemos los que estamos frente a grupos (o los que lideramos a otros) con respecto a su propia realización.

Es algo digno de consideración el pensar que bastan unas palabras malpensadas -o por qué no arteras-para arruinar o menoscabar -por lo menos en parte- el posible futuro de una persona (hijos, alumnos, compañeros o subalternos de trabajo)

Por otro lado, hacer lo contrario, es una gran y maravillosa oportunidad, un privilegio que aún cuando a veces no es reconocido o celebrado, deja una profunda satisfacción personal.

Shasar, en este sentido, dice algo complementario y relevante (no es la primera vez que lo escucho, pero en este contexto me parece una propuesta especialmente reveladora): cuidemos las palabras que decimos, más aún a nuestros hijos, y dejemos de preguntarnos si un hijo es inteligente o no, empezando mejor a cuestionarnos en qué o para qué es inteligente.

Plantemos buenas semillas en las personas y ayudemos a que descubran su potencial, para que se pronostiquen favorablemente en sus vidas, el florecimiento del bienestar y el desarrollo de habilidades tan esenciales como el liderazgo.

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Los niños de hoy (para mis hijos, para los padres, y para los que alguna vez fueron niños)

Hace algunas semanas que es común despertarnos de madrugada en casa. Los vecinos, están estrenando bebé (el primero de esta pareja)  y su llanto es cada vez más poderoso.

Si fueran ruidosas parrandas, dramáticas discusiones, música, o pasos casi de elefante que suben y bajan escaleras, quizás ya habríamos hecho mi familia y yo algo al respecto. Pero se trata de un bebé, un nuevo habitante de este mundo, y eso, es suficiente para sentirnos serenos e incluso, con admiración por la vida, poder disfrutar de los desvelos.

Los niños de hoy son distintos a lo que fuimos nosotros; sin embargo, como nosotros, son producto de los adultos del pasado. Hoy, los niños son consecuencia de nuestras virtudes y defectos, de nuestros propios miedos de niño. Hoy, los niños son efecto de nuestras libertades mal interpretadas, y de nuestras restricciones mal asimiladas. Los niños son producto de nuestro aburrimiento, de nuestras perversiones, de nuestras visiones.

Los niños de hoy son el adulto frustrado, el adulto ocupado; son el joven aburrido que no sabe comunicarse con la mirada y el tacto, sino que necesita una interfase o dispositivo digital para expresarse.

Los niños de hoy son el abuso de lo que hemos comido, el respeto que hemos perdido. Los pequeños, son el poder del capricho, la debilidad por lo fácil, la cultura de lo sencillo. Los niños son el temor a la responsabilidad, el poder gastar sólo lo que es mío y para mi nada más.

Los niños de hoy son muchos, cuando lo que importa es la calentura que sobrepasa lo preventivo y el sentido del macho y  la niña enamorada en su castillo ;  y son ninguno cuando la carrera y el patrimonio van primero, como pretexto por el miedo de ver de lo que somos capaces o incapaces de hacer, ante la abrumadora presencia de un recién nacido.

Hoy los niños son reflejo de los viajes rápidos y supersónicos, son hijos del plástico y los hidrocarburos, son los miembros más pequeños de un gran corporativo.

 

Pero también, los niños son el recuerdo de que estás vivo; son la esperanza, el consuelo, la satisfacción de que la vida continúa, reinventándose en cada destino. Los niños son energía, capacidad de sorpresa, impacto y descubrimiento. Los niños son primitivos, como los sentimientos; son felices, optimistas, tiernos, emotivos. Los niños son frágiles, pero muy fuertes; son inocentes, pero sumamente inteligentes.

Un niño es, para un adulto, volver a vivir… y revivir de nuevo. Un niño -un hijo- es aprender de la vida lo que sólo de esta manera, la vida te enseña a sentir. Un niño es el adulto que no ha crecido, y que tiene aún la posibilidad de ser mejor antes de hacerlo. Los niños, son el reflejo de los sueños.

Ser niño transcurre casi en un abrir y cerrar de ojos… y entonces se empiezan a alejar ( pero todo el camino, del nacimiento hasta su adultez, la obra de un hijo  impacta para siempre)

Los niños son lo mejor… hasta que nos les atravesamos en el camino.

Hoy, simplemente por el gusto de haberlo pensado, decidí que era propicio expresar que los adultos damos a veces asco, ya que somos perversos escultores de nuestros hijos, enseñándoles a imitar lo que vemos y escuchamos, mostrándoles como dejar de ser reales y mejor convertirse en personajes ficticios; los  llenamos de caretas y ausencias, de altivez, intereses creados y una estúpida dependencia por lo frívolo. Los adultos, deberíamos a veces optar porque nuestra influencia no perjudique más a los pequeños, y dejarlos a ellos, en cambio, ayudarnos a recuperar algo de lo que hemos perdido.

Tener hijos es difícil, porque requiere  más que nada desprendimiento,  amor y responsabilidad (de las cosas que más brillan por su ausencia hoy en día) Tan importante es un hijo que desearlo y no tenerlo, se vuelve a veces un suplicio que puede llevase muy lejos.

Hoy, si crees que tener un hijo no es para ti o no le encuentras sentido, sólo te digo que nada de lo que poseas o hagas tendrá jamás esa tierna mirada, esa dulce voz y esa mano pequeña que se posa en la tuya, y que te hacen realmente sentirte vivo.

No importa que lloren en la madrugada, no importa que usen muchos pañales, o que requieran vestido, calzado, techo y educación.

Si puedes,  en lugar de tenerte nada más a ti o a ustedes, ten (tengan) un hij@… y si pueden, más aún, denle a éste un hermanit@.

 

Para mis hijos: Clicerio, Arles, Franco y Jerome. Gracias