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El Dador de Recuerdos, cuando lo malo no lo es tanto

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El periodista y escritor mexicano Armando Fuentes Aguirre, alias Catón, dice (palabras más, palabras menos) que distinguir entre lo bueno y lo malo es a veces mucho más difícil que resolver un problema complejo de matemáticas… de esos que solo verdaderos matemáticos pueden resolver.

Pues resulta que al ver la película El Dador de Recuerdos pronto me puse ante el dilema catoniano, cuando antes me había simplemente preparado para un filme más del agrado de mis hijos adolescentes que otra cosa, que me planteó en sus primeros segundos interesantes interrogantes y, primordialmente, me alegró, al percatarme de que un posible modelo de sociedad perfecta, no parecía tan descabellado.

Pero pronto se me volteó la tortilla y me di cuenta de que el meollo de la película era una reflexión que tendemos a pensar poco: lo negro y lo blanco, los absolutos de la vida, son generalmente el tipo de cosas que nos hacen equivocarnos más como seres humanos; y que, en pocas palabras, en todo lo bueno, siempre hay algo de malo y a veces es muy relativa la diferencia.

The Giver, como se titula originalmente esta producción norteamericana, está basada en un libro del mismo título escrito por el australiano Markus Zusak, quien es también el autor de La Ladrona de Libros (ya lo sospechaba… y lo acabo de confirmar)

Nos cuenta la historia de una sociedad post-caótica, que en aras de la perfecta convivencia y supervivencia humanas, ha optado por dejar atrás muchas de nuestras ¨debilidades¨ naturales,  las cuales marcan nuestra historia personal minuto a minuto y, por supuesto, definen desde siempre nuestra historia universal. 

Los recuerdos, sim embargo, tienen un valor funcional para esta nueva humanidad, aunque son considerados tabú y potencialmente peligrosos para el mantenimiento del nuevo orden establecido. Así, en la persona de un individuo, la comunidad tendrá al último y único testigo de las cosas buenas y no tan buenas (ambas prohibidas) que perfilan los matices de nuestra conflictiva y ambivalente humanidad: del amor al odio, de la frivolidad a la trascendencia, de la verdad a la apariencia.

En pocas palabras, esta que parece una película simple, me pareció una digna de verse (partiendo del libro por supuesto) porque nos hace reflexionar sobre el valor tan grande que tienen las cosas simples de la vida y el error constante que cometemos al matizarlas en una escala de colores bitonal.

Conmovedora y portadora de una de las más intensas actuaciones recientes de Jeff Bridges, El Dador de Recuerdos es un bálsamo de agradecimiento ante la vida que tenemos, con sus cosas buenas y las no tan buenas que valdría la pena cambiar, sin olvidarnos de que siempre, en lo más bueno, algo de malo quedará y debemos aceptarlo.

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